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Los astrónomos que persiguieron a Venus

En el siglo XVIII, cientos de científicos y observadores recorrieron el mundo para rastrear el paso de este planeta entre el Sol y la Tierra. La idea era calcular el tamaño del Sistema Solar. Pero también significó el primer gran proyecto mundial de colaboración científica de la historia.

Se podría decir que toda la culpa fue de Edmund Halley, el astrónomo británico del siglo XVIII que dio nombre al famoso cometa. En 1716 instó a sus colegas europeos para lanzar un esfuerzo global que permitiera monitorear un inusual fenómeno astronómico: el paso -o tránsito- de Venus entre la Tierra y el Sol. Esto ocurre sólo una vez por siglo y siempre son dos eventos separados por unos ocho años (el segundo del actual siglo será el 6 de junio y el ciclo no se repetirá hasta 2117).

¿Cuál era el motivo del llamado de Halley? Según sus cálculos, si el paso de Venus -que hace que el planeta se vea como un disco negro frente al Sol- se medía con precisión desde varios puntos del mundo, se obtendrían datos y coordenadas suficientes para calcular la distancia entre el Sol y la Tierra y, de paso, la separación de los demás planetas respecto de la estrella. De esta forma, decía Halley, se conseguiría una “comprensión matemática precisa de las dimensiones del Sistema Solar, el santo grial de la astronomía”.

El problema era que Halley estimaba que no viviría para ver los tránsitos que se producirían en 1761 y 1769. De hecho, murió en 1742, pero sus colegas recogieron el llamado y se prepararon por años para lo que, a la postre, se convertiría en la primera gran colaboración científica mundial, hoy tan frecuentes como el Colisionador de Hadrones (LHC) en Ginebra.

Pese a conflictos como la “guerra de los siete años”, que enfrentó a Gran Bretaña, Austria y Francia, entre otros países, cientos de astrónomos se lanzaron a todos los rincones del planeta al más puro estilo Indiana Jones: enfrentaron tempestades, temperaturas bajo cero y ataques en alta mar, todo con tal de lograr su objetivo. Dos nuevos libros –Persiguiendo a Venus, de Andrea Wulf, y El día en que el mundo descubrió el sol, de Mark Anderson- narran esta carrera en la búsqueda de la gloria tanto científica como patriótica.

Esto, porque si bien el objetivo final era compartir los datos, el orgullo nacional fue clave. Mientras la emperatriz rusa Catalina la Grande organizó personalmente a sus astrónomos, la Real Sociedad Británica y su par francesa buscaron obtener las mediciones más precisas para así figurar de forma más destacada en los registros históricos. Esto originó una especie de reality del siglo XVIII, una mezcla de Survivor con Amazing Race, donde la gente esperaba ver quién lograba su objetivo y si el dinero y tiempo invertidos valían la pena.

“Es impresionante darse cuenta de que pese a la ‘guerra de los siete años’ estos científicos lograron operar en conjunto y de forma exitosa. Hoy creemos que la idea de la aldea global data del siglo XX, pero en realidad partió en la década de los tránsitos de Venus del siglo XVIII”, dice Wulf a La Tercera.

Tragedias y éxitos

El paso de 1761 fue seguido por 250 observadores oficiales en 100 puntos en el mundo. Los ingleses enviaron una expedición a la isla Santa Helena (usada luego para exiliar a Napoléon) y otra a Sumatra (Indonesia) y los franceses se dirigieron a Siberia e India (ver infografía). Una odisea emblemática fue la del galo Guillaume Joseph Hyacinthe Jean-Baptiste Le Gentil de la Galaisière.

El astrónomo partió en 1760 a Pondicherry, territorio indio que pertenecía a Francia. Pero debido a la guerra, los ingleses atacaron el pueblo y Le Gentil debió viajar a Mauricio, isla al suroeste del océano Indico. Allí cayó enfermo de disentería, lo que atrasó su viaje. El 6 de junio de 1761, día del tránsito, aún viajaba en barco, por lo que no pudo tomar mediciones exactas. Tras realizar otros estudios en la zona, volvió a Pondicherry en 1769, pero el clima arruinó el avistamiento.

“Le Gentil fue una de las figuras más trágicas del proyecto, ya que su afán por perseguir a Venus le tomó 11 años y no tuvo éxito”, dice Wulf. El astrónomo recién volvió a París en 1771, sólo para enterarse de que había sido declarado muerto y reemplazado en la Academia Francesa de Ciencias. Pero eso no fue todo: su esposa se había vuelto a casar y sus parientes se habían repartido todos sus bienes. Sólo un largo litigio y la intervención del rey le devolvieron su lugar en la academia.

Fue un caso casi tan trágico como el de otro francés, llamado Jean-Baptiste Chappe d’Auteroche, quien según Wulf fue el “único que hizo observaciones exitosas en ambos tránsitos, aunque murió siguiendo a Venus”. En 1761 recorrió 6.400 km desde París a Siberia, donde fue atacado por pobladores que creían que sus instrumentos tenían poderes mágicos malignos y que eran culpables de varias inundaciones que afectaron la zona.

Ocho años después llegó a baja California. Allí contrajo tifus y falleció, no sin antes registrar observaciones con gran precisión y asegurarse de que fueran enviadas a París. Todo un logro para una época en que no había supercomputadores ni telescopios diseñados por la Nasa.

En 1769, el inglés William Wales casi corre la misma suerte de Chappe d’Auteroche, gracias al frío de Canadá. “Enfrentó temperaturas tan bajas, que el brandy se congelaba en su vaso antes de beberlo; él había pedido explícitamente a la Real Sociedad Británica ir a un lugar con clima cálido”, cuenta Wulf. Una de las travesías más famosas ligadas al seguimiento de 1769 -que abarcó 76 puntos del globo- fue la de James Cook, capitán del navío inglés Endeavour (nombre que luego sería usado en un transbordador de la Nasa).

Cook fue encomendado por la Real Sociedad Británica para recorrer el océano Pacífico. La expedición llegó a Tahití el 13 de abril de 1769, donde se realizaron mediciones muy precisas, y luego siguió órdenes del almirantazgo para buscar un supuesto continente llamado Terra Australis, que comenzó a aparecer en los mapas a mediados del siglo XVI. El 19 de abril de 1770 llegó a la costa sudeste de la actual Australia y Cook se convirtió en la primera visita europea registrada al nuevo continente de Oceanía.

Todos los datos recogidos sobre los pasos de Venus sirvieron para la edición de un libro en 1771, donde se estableció que la distancia entre la Tierra y el Sol era de 150.838.824 km, cifra con un margen de error de poco más de un millón de kilómetros respecto del índice que se maneja hoy (149.596.572 km).

Considerando lo rudimentario de los equipos y las precarias condiciones de observación, esta diferencia fue calificada en un reporte de Donald A. Teets -matemático de la U. de Dakota del Sur- como mínima y “absolutamente notable”. La dimensión total del Sistema Solar, el gran anhelo de Halley, no se obtendría sino hasta el siglo XIX cuando los astrónomos usaron fotografías para registrar el siguiente par de tránsitos.

-Fuente: Tendencias; La Tercera; Autor: Marcelo Córdova

 

 

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